¿Por qué saboteo mi propia felicidad cada vez que todo va bien?
Porque en silencio has decidido que la alegría no es segura — que si la dejas entrar, su pérdida dolerá más después, así que la arruinas ahora, en tus términos. Dile ese miedo a Dios sin rodeos. Luego pide el valor más difícil: recibir algo bueno sin encogerte esperando el golpe. La alegría no es una deuda que se vaya a cobrar. Deja que un buen día sea solo un buen día.
La tradición considera la simjá — la alegría — no como suerte, sino como algo que se pide e incluso se ordena: algo que se te permite, y a veces se te exige, permitirte.
De las fuentes «En tu presencia hay plenitud de gozo» — Salmo 16